CRONICAS DE AULA CAMINAR 2

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  2. UN JUEVES DE HUERTA

    Bueno, como todos los jueves, la jornada empezó diferente. Apenas llegamos al colegio, el profesor dijo: “Hoy nos vamos para la huerta”. En ese momento, algunos se alegraron y otros no tanto, porque sabían que tocaría ensuciarse las manos.
    El camino hasta la huerta fue tranquilo. El aire estaba fresco y el sol apenas comenzaba a calentar. Cuando llegamos, el olor a tierra mojada se sentía fuerte, como si el lugar tuviera vida propia.
    —¿Sí trajiste ganas de trabajar o qué? —me dijo un compañero riéndose.
    —Más o menos… vamos a ver qué toca hacer —le respondí.
    El profesor comenzó a explicar cómo sembrar correctamente. Hablaba de hacer huecos, cuidar las raíces y regar con paciencia, pero no todos estaban poniendo atención. Algunos querían terminar rápido, otros simplemente no querían hacer nada.
    Al poco rato comenzaron los problemas.
    —¡Así no es! ¡La estás dañando! —le gritó un compañero a otro.
    —Entonces hágalo usted —respondió el otro, ya molesto.
    Por un momento, la tranquilidad de la huerta se rompió. Las voces subieron y parecía que todo iba a terminar en discusión. Yo solo miraba mientras seguía acomodando la tierra, sin saber si meterme o no.
    El profesor se acercó rápidamente.
    —A ver, tranquilos… esto es para aprender, no para pelear —dijo con calma.
    Después de eso, volvió a explicar cómo hacer el trabajo. Poco a poco todos empezamos a colaborar mejor. Unos hacían los huecos, otros sembraban y otros regaban. Sin darnos cuenta, el trabajo comenzó a avanzar.
    —Pásame agua —decía uno.
    —Listo, ya quedó esta parte —decía otro.
    El ambiente cambió. Ya no era solo una tarea, sino algo que hacíamos juntos.
    Cuando terminamos, miré las plantas y la tierra acomodada. No era perfecto, pero se notaba el esfuerzo de todos.
    Al final, mientras regresábamos al salón, entendí algo: así como en la huerta, las cosas crecen mejor cuando hay paciencia y trabajo en equipo.
    Ese jueves no fue cualquier día… fue uno de esos que se quedan en la memoria.

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  3. ABRIL 2026

    Institución educativa general Francisco de Paula Santander

    La mentira de la meritocracia: crónica de una desigualdad que nadie quiere ver

    Por las mañanas, la ciudad parece la misma para todos. Pero no lo es.
    A las 6:00 a. m., mientras el sol apenas toca las ventanas de los edificios altos, hay una parte de la ciudad que ya está en movimiento. No es la de los ejecutivos que salen a trotar ni la de los cafés que empiezan a abrir. Es otra. Más abajo. Más apretada. Más real.
    En el barrio de techos de lata, el día no empieza con planes, sino con cuentas pendientes. El ruido no es de tráfico elegante, sino de ollas, pasos rápidos y puertas que se cierran con prisa. Aquí no se habla de lo que se quiere lograr en el día, sino de lo que se necesita sobrevivir.
    A pocas calles, pero a años de distancia, los edificios de vidrio reflejan una ciudad distinta. Allí, el tiempo parece tener otro ritmo. Las conversaciones giran en torno a viajes, inversiones y decisiones que no implican renunciar a lo básico. La luz no se va. El agua no falta. La urgencia no existe.
    En medio de esas dos ciudades camina Mathías.
    Tiene 14 años y recorre una hora diaria para llegar al colegio público donde estudia. Su trayecto no solo es largo: es revelador. Cada día pasa frente a un colegio privado donde los estudiantes llegan en carros, bajan sin mirar alrededor y cruzan las rejas como quien entra a un mundo protegido.
    Mathías se detiene a veces.
    No mucho. Lo suficiente para mirar.
    No es rabia lo que siente.
    Es algo más difícil de explicar: una mezcla de curiosidad, silencio y preguntas sin respuesta.
    —¿Por qué algunos nacen con todo… y otros tienen que luchar incluso para seguir vivos?
    Nadie se lo ha respondido con honestidad.
    Esa noche, como muchas otras, la luz no volvió en su casa. El recibo sigue acumulándose en una mesa que ya no tiene espacio para más deudas. Su madre enciende una vela. La escena es simple, casi repetida, pero nunca deja de ser dura.
    No hay dramatismo exagerado.
    Solo realidad.
    —Hijo, el mundo no es justo… —le dice—. Pero eso no significa que tengas que rendirte.
    No es una frase motivacional. Es una forma de prepararlo.
    —Vas a ver injusticias. Más de las que quisieras. Vas a sentir que haces más y recibes menos. Y muchas veces nadie va a notar lo que te cuesta avanzar.
    La llama de la vela se mueve.
    Mathías escucha.
    —Pero que te quede claro algo: la injusticia no decide quién eres. Tus decisiones frente a ella, sí.
    Minutos después, él abre su cuaderno y sigue estudiando. No porque crea que eso cambiará todo de inmediato, sino porque no hacerlo lo dejaría exactamente en el mismo lugar.
    Afuera, la ciudad continúa su rutina sin notar nada.
    Y ahí está el punto.
    La desigualdad no siempre grita.
    A veces es silenciosa. Cotidiana. Normalizada.
    No se mide solo en dinero, sino en oportunidades.
    En el punto de partida.
    En lo que unos dan por hecho y otros tienen que pelear.
    Mientras algunos crecen con puertas abiertas, otros aprenden desde pequeños a empujar muros. Mientras unos planean su futuro, otros intentan que el presente no se les caiga encima.
    Y sin embargo, el discurso sigue siendo el mismo:
    que todos pueden llegar, que todo depende del esfuerzo, que el punto de partida no importa.
    Pero basta mirar con atención para entender que no es así.
    Algunos nacen a centímetros de la meta.
    Otros tienen que correr todo el circuito.
    Y en medio de esa diferencia, la sociedad construye su propia contradicción:
    Señala al que roba por necesidad,
    pero respeta —e incluso admira— al que roba desde el poder.
    La ciudad sigue funcionando.
    Los dos mundos siguen coexistiendo.
    Y millones de historias como la de Mathías siguen avanzando en silencio, sin garantías, sin aplausos, pero con algo que no se puede medir fácil:
    La decisión de no rendirse, incluso cuando todo indica que sería más fácil hacerlo.


    Hellen Dayana Barrios

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  4. Camila Ordoñez Crónica: Una Vez En Mi Barrio

    Era una tarde calurosa y tranquila, de esas en las que el sol parece no querer irse nunca. Mis amigos y yo jugamos futbol afuera de la casa,gritábamos muy fuerte "¡Pasala,Pásala!" mientras las vecinas hablaban duro desde las puertas —"Estos niños no se piensan ir pa sus casas ya me tienen cansada con tanto griterío."
    ¡Todo era normal… hasta que se escuchó unos disparos!

    -"¡PUUMM,PUUMM!" Todos nos quedamos quietos. "¡¿Qué fue esoo?!" Gritó alguien. En segundos medio barrio salió a la esquina a ver qué está pasando, cuando alguien grita —"¡Cójanlooo se puede escapar!" El señor está corriendo pa que no lo alcancen tenía una pistola en la mato y decía —"A todo al que se me acerqué le meto un tiro" Todos se quedaron quietos después de escuchar esa frase, vimos que atrás de él estaba un policía sigilosamente para cojerlo caminada a pasitos de tortuga para que no lo escucharan, Hasta queee…

    Se da la vuelta rápidamente y dice —¡Pensabas que no me iba a dar cuenta de que estabas detrás mío JAJAJA!

    Todos lo intentaban cojer y el nomas disparaba tiros al aire.
    Hasta que se escapó y ya nunca más supimos nada de él…

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  7. Un viernes en clase de español.

    Bueno, como todos los viernes, la clase de español empezó en la tarde, cuando el cansancio ya se sentía en el cuerpo. El sol entraba por las ventanas del salón y el calor hacía que a muchos se les notara el sueño en la cara.
    Apenas entró la profesora, dijo su frase de siempre:
    —Saquen el cuaderno, hoy vamos a escribir.
    En ese momento, varios se miraron entre sí, porque nadie esperaba tener que pensar tanto a esa hora.
    —¿Sí hizo la tarea? —me preguntó un compañero en voz baja.
    —Más o menos… improvisar me toca —le respondí, medio riéndome.
    La profesora comenzó a hablar sobre cómo hacer una crónica. Explicaba que debía tener inicio, desarrollo y desenlace, pero la verdad, al principio todo sonaba complicado. Algunos escribían rápido, otros solo miraban la hoja sin saber por dónde empezar.
    —Profe, ¿esto toca con diálogo? —preguntó alguien al fondo.
    —Claro, entre más real se sienta, mejor —respondió ella.
    Poco a poco, el salón se fue quedando en silencio. Solo se escuchaba el sonido de los lapiceros y uno que otro suspiro de cansancio. Yo miraba la hoja, pensando qué escribir, hasta que se me vino a la mente una idea.
    Empecé despacio, pero después las palabras comenzaron a salir solas, como si la historia ya estuviera en mi cabeza desde antes.
    —Oiga, creo que ya tengo algo —le dije a mi compañero.
    —Yo apenas voy empezando —me respondió, frustrado.
    El tiempo pasó rápido. Cuando menos pensamos, la profesora dijo:
    —Vayan terminando.
    Muchos se apuraron, otros entregaron como pudieron. El cansancio seguía ahí, pero también había una pequeña satisfacción de haber logrado escribir algo.
    Cuando sonó el timbre, todos salimos casi sin pensarlo.
    —Por fin viernes —dijo alguien mientras guardaba el cuaderno.
    Mientras salía del salón, entendí que, aunque a veces da pereza, escribir también es una forma de contar lo que vivimos.
    Ese viernes en la tarde no fue cualquier clase… fue uno de esos momentos donde una simple hoja se convierte en una historia.

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  8. Emanuel Guzmán
    abril 10, 2026
    ABRIL 2026

    INSTITUCIÓN EDUCATIVA GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER



    ENTRE LÍNEAS Y REALIDADES

    CRÓNICAS LITERARIAS Y PERIODÍSTICAS



    Sobreviví a mis neuronas





    Bueno, como siempre, la clase de biología empezó con la profesora entrando. El salón olía a marcador borrable y a cuaderno nuevo. Dijo su frase de siempre: "Abran el libro en la página 82, que hoy toca sistema nervioso". En ese momento me sudaron las manos. El silencio se podía escuchar, pero por dentro todos estábamos gritando del susto. Sabía que íbamos a ver neuronas y yo apenas me acordaba de las partes de la célula.



    —¿Entendiste la tarea? —me preguntó mi amiga Dayana barrios, con cara de auxilio y la voz bajita.



    —Más o menos... me vi un video anoche —le respondí, aunque la verdad es que me dormí a la mitad.







    La profe empezó a dibujar en el tablero. El chillido del marcador contra la superficie blanca me erizaba la piel. Axones, dendritas, sinapsis. Todo junto me revolvía la cabeza. Yo me dije: "Paila, de esta no me salvo". El tablero se veía lleno de flechas y palabras raras que parecían en otro idioma. Luego escucho a un compañero que le susurra a otro diciéndole que si avía estudiado por qué la profesora iba hacer un examen de lo visto



    —Ay, parce. Esto está más enredado que audífonos en el bolsillo dijo Emmanuel el amigo de Dayana



    Y yo solo pensaba: "Sí, pero al menos no soy el único perdido". De repente, la profe nos puso a trabajar en parejas. Nos dio un dibujo de una neurona para que pusiéramos los nombres. Con Dayana empezamos a mirar el libro. Las hojas estaban ásperas y olían a papel viejo. Después de darle vueltas, le fuimos agarrando el hilo. El lápiz se sentía frío en mis dedos mientras escribíamos. No fue magia, fue ponerle lógica. Cuando terminamos, me sentí como si hubiera armado un rompecabezas se me hizo muy difícil y a mí amiga también







    —¡Uy, sí se pudo! —le dije a Dayana, chocándole la mano. Su mano estaba caliente de los nervios.



    El verdadero alivio llegó cuando sonó el timbre para el descanso. Ese sonido metálico fue música para mis oídos. Salimos todos como si nos hubieran soltado. En la tienda el olor a empanada y gaseosa nos pegó de frente. El sabor del primer mordisco a la empanada caliente me devolvió a la vida. Nos reímos, hablamos de cualquier cosa menos de neuronas. Esos 15 minutos se sintieron como vacaciones.



    —¡Pásala, pásala! —gritaban en la cancha mientras jugaban fútbol. El golpe seco del balón y el grito de "¡Gol!" retumbaban por todo el patio. Todos celebrábamos como si fuera la final del mundo.





    El regreso fue lo peor. El olor a sudor y encierro del salón nos recibió de nuevo. Nadie quería volver, pero tocaba. Nos sentamos con cara de "¿otra vez?". Las sillas de plástico estaban duras y frías. Por suerte, la profe solo revisó el ejercicio y dijo: "Muy bien, veo que sí entendieron". Su voz sonó más suave esta vez. Cuando por fin sonó el timbre de salida, fue como si nos quitaran un peso de encima.



    —¡Por fin, mijo! —gritó uno de mis compañeros mientras guardaba todo a las carreras. El ruido de maletas y cuadernos era una fiesta y yo feliz por aver terminado y mi amiga igula.



    —Nos vemos mañana —le dije a Dayana , con una sonrisa. Afuera el sol me calentó la cara y el aire olía a libertad. Y sí, mañana seguro toca otro tema difícil de biología, pero ya no me asusta tanto. Al final, las neuronas no son tan bravas. Solo hay que cogerles el ritmo y usar los cinco sentidos para entenderlas y desde ese día estudie lo que pude al maximo.

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    1. Muy buena la crónica pero le falta ficción y volver a publicar

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